martes, 14 de agosto de 2007

Adrián Salas - San Juan



Ahora entiendo por qué me gusta la miel, que como otras cosas, la he adquirido por capricho; y otras han quedado por ahí babeando en el mar del rechazo.
Mi abuela, esa mujer que nunca existió como tal, ni como tal, me la negaba olímpicamente, con el argumento de que la miel, en esa casa, era terapéutica. Nada más tenía que decir, yo callaba y en mi acatamiento habían puteadas (antes de serlas) y rebeldía (antes de creerla).
Cuando la vieja enfermó tanto, tanto que ya no pudo ni volar, me mandó a llamar, vaya a saber por qué estúpida casualidad de la sangre. Fui a curarla, porque se estaba muriendo.
Mi abuela, nunca supo que el remedio de la miel no hubiese funcionado tan felizmente, sin su pesado sueño y la lata de hormigas voraces y rencorosas.


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